¡Para un poco, Elisa! - Cuatro: Sopló, sopló... y qué ojos tan grandes tenía

para un poco elisa cinco
<< Capítulo tres
Aparecí en un lugar muy distinto al palacio esta vez. Sola. Y la anciana con la escoba, que me corrió por el comedor y la habitación de esa casa, no me dejó mucho tiempo para desesperarme.

—¡Shu! ¡Shu! ¡Fuera! —me decía, como si yo fuera un gato callejero.

Al fin pude encontrar mi camino hacia un patio lleno de gallinas y lodo, pero lejos del alcance de esa loca. Estaba en un claro, en medio de algún bosque. No dejé de correr, por si aquella mujer tenía forma de alcanzarme a pesar de su edad. Nunca se sabía, en esos cuentos. No tardé mucho en caer exhausta, con los pulmones a punto de salirse por mi boca.

Lo cierto es que no estoy en muy buena forma; tampoco me pidan mucho, si trabajo la mayor parte del día con el trasero en una silla. Esa es una buena palabra para mis lectores. Trasero. Ni siquiera parece que estuviera siendo maleducada. Otra sería culo. Culo en una silla. Eso suena más «elisesco». Pero no quiero desviarme demasiado: estaba sola, en un bosque y sin posibilidades de pedir ayuda. Iba a largarme a llorar por mi felicidad perdida, cuando apareció un perro gigantesco en dos patas frente a mí.

—¿Qué es esa cara larga, en una joven tan bonita? —dijo, y no pude creer que lo estaba entendiendo.

Lo miré, maravillada. Estos cuentos eran de lo mejor.

—Lo siento, no es un buen día —respondí, limpiándome con un pañuelo que me dio, a saber de dónde lo habría sacado si no tenía ropa puesta—. No me haga caso. Siga camino, buen perro.

—Lo haré, voy apurado. Pero regáleme una sonrisa y dígame si no sabe de la casa de una abuelita que queda por aquí. Creo que ando un poco perdido.

Me guiñó un ojo y, en su sonrisa, vi que asomaban unos dientes feroces. Era una suerte que fuese un animal tan noble.

—Claro. Acabo de venir de ahí. Haga unos sesenta pasos o cien, como mucho, en esa dirección. Pero cuidado, que tiene un humor terrible y una escoba enorme.

—Gracias por el dato, lo tendré en cuenta —contestó—. Adiós y que todo mejore.

Lo vi marcharse y me admiré del pelaje tan oscuro y grueso que tenía. Parecía que en los cuentos todo era más extremo, más llamativo. De haber nacido en alguno, yo hubiera sido una heroína llena de virtudes. Decidí que me conformaría con la realidad, que también estaba muy bien. Si es que lograba recuperarla.

Justo en ese momento escuché la voz que más extrañaba.

—¡Elisa! —gritó mi editor, corriendo hacia mí hasta atraparme en sus brazos—. ¡Dios, estás bien! ¡Pensé que te había perdido!

—¡Santiago! Gracias por seguir aquí, conmigo —le dije, emocionada de verdad.

Y mis ojos lanzaron estrellitas, por culpa de la magia de los cuentos. No veía las horas de marcharme de allí. Fae también llegó a nuestro lado, con su dibujo porno en la mejilla cada vez más visible.

—Debemos estar atentos —advirtió, nerviosa—. Había un lobo por aquí, lo vimos mientras te buscábamos.

—Yo no encontré ningún… Oh. —Me interrumpí, cuando recordé al perro simpático y entendí por qué era tan grande—. Creo que lo mandé a la casa de la abuela, por allá.

La cara de mi novio se convirtió en un poema. Pero no de esos de amor, por supuesto.

—¿Que hiciste qué cosa?

De solo escucharlo y ver la indignación de Fae, yo también me enojé.

—Claro, porque arruinarle el romance a un pervertido está mal para la continuidad de los cuentos —protesté, con los brazos cruzados—. Y cuando un pobre animalito quiere hacer una travesura hay que ir y hacerle daño, ¿no?

Entonces, los dos debieron haber pensado que tenía algo de razón, aunque se pusieron pálidos y miraron al suelo.

—Es verdad, la continuidad de los cuentos —murmuró él.

—Igual llegará hasta ahí —dijo el hada de los dientes.

—Además, la casa de esa viejita estaba muy bien construida —expliqué, tratando de hacerlos sentirse mejor—. El lobo puede soplar por años, si quiere, que no la va a derribar.

—Esos eran cerditos, Elisa.

—Bueno, aunque sean cerdos pueden tener abuela también.

—No, esa era Caperucita.

«Todo el mundo tiene abuela» pensé. No veía la razón de tanto escándalo.

—Cuánta discriminación —me quejé—. Pobres cerdos.

Cerré el tema, porque no vi ningún chanchito, solamente gallinas en esa casa. A lo mejor la continuidad del cuento ya se había arruinado y esa abuela se convertía en la protagonista de algún otro cuento que yo desconocía o no quería recordar.

Caminamos siguiendo el sendero del bosque en sentido inverso a la casa de la abuelita, esperando encontrar de nuevo al Dibujante. Mientras tanto, averigüé la fórmula de la maldición que éste echó sobre Fae por error, la noche en que Cenicienta se fue con otro. Me reí tanto al escucharla, que me sentí mal por la pobre hada. Santiago le preguntó si no había probado asentando el culo que tenía en la cara sobre un cruce de caminos, echándose agua bendita o algo. Ella dijo que sí, pero que la maldición exigía que asentara en una silla ambos culos a la vez. El natural y el dibujado. Imaginé a unas cuantas vedettes liberándose de ese problema en segundos y me asaltó la carcajada de nuevo.

Hasta que, en otro claro, encontramos a alguien sentado en una roca, con la cara escondida entre las manos y llorando como bebé. Llevaba una capa con capucha de color rojo, pero sus piernas y sus pies ya eran conocidos, no nos dejamos engañar.

—¡Yeyen! —grité—. ¿Qué has hecho con Caperucita?

Alzó la cabeza y nos miró, con sus ojos oscuros llenos de lágrimas de verdad. Por una vez, no parecía enojado. Más bien estaba triste.

—Es Yejun —corrigió, desganado, y se secó los mocos con la parte inferior de la capa—. Y no le hice nada a nadie. Esto lo tiró una chica, antes de irse con un tipo que parecía leñador. Todos tienen más suerte en estas cosas que yo.

—Ah. Hay versiones para adultos con ese final —reflexionó Fae—. No es imposible.

—Esta juventud de ahora, ni en los cuentos es como antes.

—¿Qué estás diciendo, Elisa? El mes pasado le aconsejaste eso a una tal Caperucita, que se fuera con el leñador.

—Sería mucha coincidencia, hombre. Y tú, Yayun, devuélvenos a nuestro mundo y deja ir a esta pobre mujer que no te ha hecho nada.

—¡Yejun! —exclamó, con más fuerza—. Da igual, no le quitaría la maldición a esta hada ni aunque pudiera. Estoy igual de atrapado que ella. Ya que no puedo salir de esto, suframos todos.

Sentí verdadera pena. Imaginé cómo hubiera sido si él me mandara una carta, como cualquier otro personaje. Me acerqué a él, con la comprensión de que era a él a quien debía ayudar en realidad.

—No seas tonto, para eso estamos aquí —expliqué, con suavidad—. Puedes terminar con esto si lo has empezado.

—¿Cómo?

—No lo sé. Prueba olvidándote de Cenicienta —sugerí, por sentido común.

—¡Yo la amo! ¡Desde que era niño! ¡Debería maldecirte a ti también, dibujarte lo que hay debajo de los pantalones de un hombre en la frente!

No iba a asustarme con el dibujo de unos boxers en la cara. Así que insistí.

—¿Al menos ella sí sabe pronunciar bien tu nombre?

Creo que eso dio en un punto sensible. Hasta a mí me dolió ver la expresión que puso.

—No. No lo sabe —confesó, luego de una pausa incómoda—. Para ella soy el hijo del carbonero. Y ni siquiera soy un buen aprendiz. Lo único que hago es dibujar con los productos de mi padre.

—Eres bastante bueno, por lo que veo —intervino Santiago.

—Gracias. Ahora lárguense. No quiero escucharlos.

Habíamos llegado a otro punto muerto en la negociación. Pero un brillo familiar en los ojos de mi editor hizo que le dejara el camino libre con nuestro villano.

—Deja ir ese rencor —aconsejó él—. No hay nada peor que aferrarse a alguien que te hace sentir invisible. Nadie se merece un castigo así.

—Lo dices como si fuera tan fácil. Prefiero seguir como estoy ahora, a volver a ese reino. No podría verla convertida en princesa de un príncipe que ni se acordó de su rostro después.

Asentí en silencio. Hubiera estado de su parte, de haber leído eso en una de mis cartas. Igual veía que estaba sufriendo, aunque él tuviese la razón.

—En realidad, podría traerte a mi revista —arriesgó mi novio, y temí que la magia de los cuentos le diese dientes afilados—. Tengo pensada una nueva sección de humor gráfico, y veo que tienes buena mano y mucha creatividad para los versos.

Yejun lo miró con ojos grandes y redondos, debajo de la capucha roja.

—¿Me pagarías por dibujar?

—Sí. Pero olvida a Cenicienta, es lo único que pido a cambio.

«Ya dijo que la ama, no puedes ofrecerle dinero así como así, va a ofenderse más» pensé, asustada, y calculé hacia dónde correr con Fae de la mano.

El Dibujante no tardó nada en contestar a eso.

—¿Cuándo podría empezar?

Mi asombro al escucharlos no podía ser mayor. O sí. Porque mientras ellos discutían los términos de un supuesto contrato, vi que el rostro de Fae quedaba limpio de imágenes de asentaderas. Buena palabra, asentaderas. Y eso es mucho, pobre hada de los dientes. En especial, cuando la mayoría de sus clientes son niños. Por más que no la vean, no debe ser algo fácil.

Empezamos a saltar de alegría las dos. Me di vuelta, para avisarle a Santiago del milagro, y él estrechaba una mano con la de Yuyén, Yejin, como sea. Los dos se desvanecieron en un instante. Creí enloquecer. Fae no dejaba de reír y saltar.

—¡Mira esto! ¡Se lo ha llevado!

—Claro. Ahora nos toca a nosotras. Vamos.

En pleno frenesí, corrió a abrazarme y yo la dejé. El mundo volvió a hacerse trocitos diminutos frente a mis ojos y, por fin, al volver a reacomodarse nos encontramos todos en la redacción de La pluma naranja.

Epílogo >>

+++

Por fin, llegó la resolución. Ahora se viene el epílogo. Y habrá más de este loquillo de Yejun en la siguiente historia corta que tendrá a otra protagonista de la misma redacción.

Por ahora, gracias por acompañar a Elisa en la aventura de este mes. Y gracias a mi lectora de Blogs colaboradores, Eréndida, por el aguante.

Comentarios

  1. Por suerte, El Dibujante entró en razones. Hacer lo que uno gusta es algo satisfactoria. Y menos que terminó la maldición para Fae.
    Me gusta el estilo de esta historia. Y se ha planteado lo de Caperucita y el leñador, que según alguna versión, también era un lobo, más exactamente un licantropo.
    Un abrazo

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    1. ¡Gracias! No sabía lo del leñador licántropo, aunque sería interesante. Ella va por ayuda y se la devora el leñador, qué ironía. ¡Saludos!

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    2. Lo que leí es que no busca ayuda, que es un invento lo del lobo peligros, una excusa para explicar porque se demora tanto Caperucita en el camino,. pero lo que planteas tiene su interés.

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  2. De verdad, la salga Elisa, te está quedando de lujo. Se la leo a mi marido y todo! ^_^
    Estupenda, Cyn!

    Un besote!

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    1. ¿De verdad se la lees? ¡Qué lindo! Espero que les sea divertida. Para la siguiente consigna de Blogs colaboradores pienso usar a otra compañera de Elisa y a Yejun, pero los que aparecen acá seguro van a ser secundarios. Besos y gracias por leer.

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