27 lunas

te reto con un titulo uno—Comandante Red reportándose —dijo, algo nervioso por el radio de la nave.

Era la primera vez que tenía contacto con Urano. Se contaban miles de historias escabrosas sobre los que habitaban el pequeño territorio, preparado por el ejército de ocupación y protección del sistema solar.

—Bienvenido, Comandante —respondieron desde la base.

Red suspiró, la voz parecía joven. Era femenina y no parecía hostil.

Dejó de lado los prejuicios y fue al grano, mientras el tablero emitía luces alarmantes y llenaba de sonidos la cabina.

—Solicito permiso para uranizaje de emergencia. He dado con la estela electromagnética de la cola de un cometa en mi trayecto —explicó, sintiendo el sudor frío correr por su espalda—. No llegaré a mi destino en Saturno, a menos que haga unos ajustes en la nave.

Hubo un tenso silencio del otro lado. Red maldijo su suerte, en aquel rincón tan extraño del sistema solar. La voz uraniana regresó.

—Nuestro superior está encargándose de unos asuntos, Comandante —anunció—. Él es el único que puede autorizar la entrada de cohetes a nuestra región. Tendrá que aguardar a su regreso.

—¿Cómo? ¿Pero no hay un reemplazo? ¿No hay nadie que pueda tomar decisiones en su ausencia?

—No, Comandante —dijo, luego su tono adquirió una alegría insana mientras proponía una alternativa—. Lo que sí podemos hacer por usted es ofrecerle nuestro espectáculo más reciente de las veintisiete lunas, mientras espera.

El viajero sintió un escalofrío al imaginarse muriendo mientras ellos ni se enteraban, o lo tomaban como algo de lo más interesante en su cielo lleno de rocas congeladas. Él sería una más. Tal vez lo adoptarían por un tiempo como la luna número veintiocho.

«Manga de tarados. El hielo de Urano les ha congelado el cerebro».

—¡No me importan sus lunas! Quiero hablar con alguien que me permita entrar, o juro que lo haré de todas formas.

—Le aconsejamos no hacerlo, señor Red —sugirió la voz de la joven, con frialdad profesional, desde la salida de audio de la cabina—. Aún si llegara a pasar las capas de hielo, nuestros misiles pueden ser disparados por cualquiera de nosotros si hay intrusos.

Red se indignó y golpeó el tablero con el puño. Lo único que logró fue la aparición de más luces rojas y alarmas molestas.

—¿Los dejan usar armas y no permitir un uranizaje de emergencia? ¡Son idiotas! ¡No se los pediría si no lo necesitara!

Otra pausa en la comunicación.

—Hemos avisado a nuestro comandante —anunció la muchacha, al regresar poco después—. Dijo que nadie que no pueda apreciar a las veintisiete lunas es digno de pisar nuestro suelo. Solo serán unas horas. De paso, le dará tiempo a usted de esperarlo y recibir sus instrucciones para pasar por la parte segura de nuestra atmósfera. No podrá hacerlo sin él.

Red volvió a su silla, resignado.

—Está bien. Por eso dicen que jamás vayas a pedir ayuda a Urano. No pensé que fuera tan literal. Pongan el espectáculo. Igual moriré si me marcho de aquí.

—Las lunas lo mantendrán a salvo, señor —lo alentó la voz, con una suavidad llena de fé—. Este universo nos da tormentas magnéticas, nubes de asteroides y cometas, pero también nos entrega su belleza para que elijamos salvarnos con ella. Tómese de la belleza, señor Red. Y espere nuestra ayuda, pronto llegará.

Él se reclinó en su asiento y prestó atención al vacío, que dejaba de serlo para llenarse de puntos de colores y hologramas de los satélites uranianos que no estaban disponibles en aquel sector de la órbita.

«Ya sabía que eran unos dementes. La palabra lunáticos les queda corta. Deberían inventar una nueva, como uraniáticos».

Titania y Oberón comenzaron a reproducir imágenes en sus superficies, con la melodía del Lago de los cisnes de Chaikovski de fondo a través de los transmisores. Red podría haber cerrado el sonido, tomarse una siesta, ignorar la propaganda religiosa del culto de los uraniáticos. Pero tenían algo de razón. Había una belleza sobrecogedora en aguardar la salvación o la muerte en medio de ese paisaje.

Se quedó frente a la imagen enorme del espacio y la danza de las lunas. El sistema de calefacción comenzaba a fallar. Él estaba temblando y ni se había dado cuenta. Pero el baile era bonito. Inspiró hondo, apagó los controles y se entregó a su destino. Fuera cual fuera.

+++

Puse 27 lunas en google y me apareció Urano. Imaginé a un grupo de astronautas locos en medio de la nada, creando su propia religión nueva y haciendo enloquecer a los viajeros que cayeran en sus manos. Debo leer más ciencia ficción.

Comentarios

  1. No está mal esa idea de personajes aislados en otro planeta o satélite alrededor de un planeta, con sus propias manías, locuras. Y que pretendan imponerlo a los demás. Como el que los misiles estén más disponibles que el permiso de entrar a una región. Las rarezas son parte de la ciencia ficción.
    Único detalle a tener en cuenta que Urano es un planeta gaseoso, sería un poco improbable un uranizaje, ya que no hay una superficie sólida. Pero si se podría aterrizar en los satélites, que según tu relato son 27. Eso sí es posible.
    Un abrazo.

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    1. ¡Gracias por el dato! Increíbles las diferencias entre un planeta y otro, estando en el mismo sistema solar. Todos los días se aprende algo nuevo.
      ¡Un saludo!

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  2. ¡Hola! Increíble relato. Que manera de buscarte la vuelta cuando necesitas las cosas ya >.< y qué desesperación ha de sentir aunque parece que el espectáculo lo valía. Me ha gustado mucho.

    ¡Un abrazo!

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  3. ¡WOW CYN! ¡ME HA ENCANTADO! No esperaba que sacases una historia así, ha sido genial. Me alegro mucho de que hayas participado. ¡Muchas gracias! ^_^

    Ya he publicado el siguiente reto por si te animas.

    Un besazo enorme!


    PD: Tu reto ya está añadido en mi página.

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  4. Comprensible el desespero de tu protagonista. Necesita un aterrizaje de emergencia! Y no le toman importancia, de remate le ordenan a ver imágenes, mientras espera… la muerte?
    Me sorprendió el giro final, era obligación observar las benditas lunas, y al final lo convencieron.
    Me encanto la trama, muy bien laborado.
    Bso

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