Diez de oros

diezorosCalor. Calor insoportable, mortal. Para Miranda, estaba llegando el fin del mundo. De verdad.

Según ella, el planeta había entendido que sus habitantes eran una plaga y trataba de quitárselos de encima. Huracanes que llegaban desde el mar para pasearse por las ciudades costeras, olas de cientos de metros que barrían con lo que encontraban para llevárselo a las profundidades del océano. Todo ocurría lejos, por supuesto. En lugares tan ricos que no tardaban en recuperarse del desastre.

Ahora, les había llegado el turno a todos, por igual. En los países menos poderosos, no habría mar, ni vientos. Allí tendrían que soportar el calor, disecarse caminando a sus trabajos por las veredas sin árboles, racionar la poca agua entre cortes del servicio que duraban casi medio día. Y correr a casa, para refugiarse en el viento helado del aire acondicionado, que no podía estar encendido todo el día. Porque luego había que pagar por la electricidad, claro.

Por suerte para ella, habían llegado sus vacaciones. No pensaba salir de su casa, si no era para algún asunto de vida o muerte. Sus acompañantes serían su gato, Huraño, las redes sociales en su teléfono y el televisor viejo que le dejó su madre. Sus amistades se habían marchado para esas fechas, a tierras de huracanes o a acampar al lado de ríos escuálidos que daban sus últimos paseos agónicos, antes de evaporarse.

—Volvemos de comerciales, para traerles a nuestra invitada del día —anunció la conductora del programa de la mañana, con una sonrisa serena.

—Esa debe usar el aire las veinticuatro horas, seguro —murmuró Miranda, echada en el sillón de la sala.

Frente a ella, la mesita ratona estaba llena de envoltorios de papas fritas, golosinas y botellas vacías de agua saborizada. Entre el colorido del celofán y el plástico, descansaban varios libros esotéricos junto a revistas de moda y cómics japoneses. Estaba teniendo unas buenas vacaciones.

—Ha venido para presentar su nuevo libro de predicciones para el 2018 —continuó la mujer, desde la pantalla—. Nuestra tarotista preferida: ¡Stella Rider!

Entonces, entró al estudio una joven con un estilo a medio camino entre lo casual y el disfraz de gitana. El pañuelo púrpura anudado en su cabeza, lleno de monedas, la camisola que dejaba el estómago a la vista y el jean ajustado de color claro, la ponían más cerca de asistir a una fiesta de disfraces que a un programa para todo el país. Pero, ¿quién veía esos shows matinales si no era la gente que disfrutaba de esos efectos de vestuario?

Miranda no pudo evitar inclinarse hacia adelante desde su asiento, interesada.

—¿Vas a darnos el pronóstico para la economía del país en los próximos meses? —preguntó con sorna otro de los invitados, desde el sillón circular que ocupaba parte del decorado.

—No, eso pueden verlo comprando mi libro —respondió Stella, con gesto serio—. Pero puedo hacer una tirada de tarot general para ver el destino inmediato de cualquiera en este estudio.

Con una risita, Miranda se acomodó mejor y buscó entre las bolsas de comida algún resto para picar, mientras veía cómo alguno de los dos quedaba en ridículo en televisión nacional. Unas galletas de queso, algo desabridas, fueron la salvación del momento.

Las figuras del diseño Rider, explícitas del significado de cada carta, ayudaban a entender las interpretaciones de la tarotista. El mazo que utilizaba era grande y de colores vivos, lo que ayudaba a que la cámara lo captara.

Luego de hacer reír a los presentes con algunas adivinaciones sobre los problemas sexuales del que la había desafiado en un principio, fue el turno de los demás. Ansiosos, le pidieron por diversos asuntos personales, que no tenían ningún atractivo para la audiencia.

En su asiento, Miranda comenzaba a distraerse. Las galletas se habían terminado. Dejó el paquete en el suelo y sus dedos se deslizaron sobre las teclas del control remoto, indecisos, cuando la conductora interrumpió la sesión de cartas.

—¿Qué tal si hacemos alguna tirada para el público del programa? —sugirió la mujer.

Miranda detuvo su mano. El control quedó abandonado, entre las migas de un sándwich que había sido devorado la noche anterior.

—Haré un pronóstico para estos días, ya que se acercan las fiestas y el fin de año —dijo la muchacha del pañuelo.

Todos asintieron, encantados, y Stella comenzó a mezclar de nuevo su mazo. Lo cortó tres veces, volvió a unirlo en una pila y sacó cuatro cartas.

En la primera, una hermosa joven desnuda estaba dentro de un círculo de laurel. Rodeada de un león, un toro, un águila y un ángel, flotaba. Detrás de ella, algunas nubes intentaban alcanzarla, sin éxito.

—El mundo —pensó en voz alta Miranda, desde su casa.

La segunda carta era un as de bastos, sostenido por una mano que salía de las nubes.

Miranda resistió la tentación de ir a su libro, para revisar el significado de la combinación.

La tercera, mostraba una torre derrumbándose en la noche oscura, a causa de un rayo gigantesco. Dos reyes caían al vacío, huyendo del incendio.

La tarotista torció el gesto en la pantalla.

—Esto no lo había visto en mi tirada anterior sobre las predicciones generales —murmuró.

A pesar de que casi había suspirado al decir eso, el micrófono tomó sus palabras y las esparció por todos los televisores que estaban sintonizados en ese canal. Incluyendo el de Miranda.

Al sacar la última carta, la que redondeaba toda la tirada, los ojos de Stella se pusieron en blanco y su respiración se volvió agitada. Los que estaban con ella en el estudio se sobresaltaron. Algunos rieron, nerviosos. Otros se levantaron de sus asientos, con la clara intención de marcharse, pero sin terminar de hacerlo.

Stella mostró la imagen del diez de oros a la cámara. Diez esferas amarillas, sobre una calle ocupada por gente de distintas edades.

—Esto es el fin —anunció, en un tono gutural, ajeno—. Llegarán por nosotros. Y no vamos a tener adónde escapar.

La conductora salió al rescate, anunciando un nuevo corte publicitario, mientras los demás invitados increpaban a la joven del pañuelo. La carta seguía entre los dedos de la muchacha, blancos por la presión que ella ejercía al sostenerla.

En su casa, Miranda se sintió decepcionada.

—Un diez de oros no es para tanto —dijo, una vez que consultó su libro—. Si es la mejor carta que podría salir, son buenos augurios. Estas charlatanas que llevan a la tele son de lo peor.

Apagó el aparato, molesta. Fue hasta la heladera, para ver si encontraba algo para el almuerzo. La recibió un limón seco y verdoso, solitario en el frío de los estantes. Eso sí era triste. Había llegado el momento de ir al super.

Se vistió, con lo más ligero que encontró, y se preparó a salir al horno de cemento que era la ciudad. Cruzó con rapidez las dos cuadras hirvientes que la separaban del mercado y, al ingresar, recibió la cortina de aire helado del local con alivio.

Se aseguró de tener las provisiones suficientes para otra semana de pereza y grasas saturadas, pagó y volvió al exterior.

El sol no tenía piedad de aquellas calles sin verde. El calor parecía subir en olas desde el suelo, brotar de los caños de escape de los autos, surgir en nubes oscuras desde los autobuses… y brillar en el cielo, como diez soles.

Miranda se frotó los ojos con la mano libre, confundida. Esperaba a que el semáforo le diese el permiso de avanzar, cuando había escuchado los gritos. Alguien señalaba hacia arriba, con insistencia. Al alzar la vista, no había podido creerlo.

Algo venía desde el exterior, en dirección a ellos. Diez discos enormes, brillantes, amarillos como monedas. Y la gente en la calle empezó a correr, en todas direcciones. No fue ninguna sorpresa que cayeran los primeros rayos sobre algunos desprevenidos. Un edificio se desplomó, a pocas calles, en un estruendo que ensordecía.

Miranda quiso llegar a casa, pero cada vez se hacía más difícil no chocar con alguno de los cientos de proyectiles que caían al pavimento.

La humanidad estaba siendo castigada, tal vez. Era la invasión de alguna raza desconocida, probablemente.

Lo cierto era que, si sobrevivía, Miranda debía conseguirse el libro de la tal Stella.

***

Sí, el calor me trae ideas apocalípticas. Qué le vamos a hacer.
Este relato forma parte de mi desafío paranormal con el número diez.

Comentarios

  1. Es hora de llamar a Doctor Who o Legends of Tomorrow.

    Visualicé a la televidente frente al televisor, viendo ese programa.
    Si quedan lectores para comprar el libro, si ella misma no es destruida, si queda algo, va vender muchos libros.

    Bien contado.

    Un abrazo.
    Felicidades

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    1. ¡Gracias! Sí, supongo que es el trabajo de héroes como los de la televisión el resolver algo así. Y ya imagino a la gente huyendo de los aliens, guiados por el libro de Stella. Una especie de Horangel mezclada con John Connor del futuro.
      Un abrazo y feliz nochebuena.

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  2. jajaja ese final es muy bueno, me hizo reír, aunque nos se si fue el objetivo de el relato. Pero es muy bueno que nuestros últimos pensamientos puedan llegar a ser algo así, fijarnos en una nimiedad y no tanto en nuestra muerte.
    Es algo similar a la frase de Woody Allen que tengo en la barra lateral de mi blog: el tipo no está mal porque se va a morir, sino porque empezó a leer Moby Dick y cae en la cuenta que no podrá saber el final.

    Y como ya sabrás, el tema de las barajas me encanta, resolviste la trama de forma genial.

    Abrazo y felicidades! Que el año que viene siga cargado el tintero

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    1. Sí, era la idea darle un poco de humor al final. Vi la frase en tu blog, es muy graciosa. Aguante Woody Allen.
      Gracias por los buenos deseos e igualmente.
      Un abrazo.

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